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PROGRAMA
DE LA NATIONAL ALLIANCE
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Los hombres y mujeres blancos son una minoría que
continua disminuyendo en el mundo; mientras las poblaciones negras y marrones
están aumentando a una velocidad creciente, las poblaciones blancas en casi
todos sitios están, como mucho, estáticas. Además, hay una creciente
inmigración de no-blancos hacia áreas anteriormente blancas, acompañados por un
cruce de razas a escala masiva.
Si tuviéramos sólo este problema demográfico,
nuestra tarea sería fácil. Los gobiernos blancos tienen los medios necesarios
para detener la inmigración no-blanca y deportar a las poblaciones no-blancas.
Tales medidas, junto con una retirada de la ayuda económica y técnica a las
áreas no desarrolladas del mundo no-blanco, permitiría a las fuerzas naturales
invertir el crecimiento de la población no-blanca rápidamente. Los no-blancos
no tienen la capacidad de contrarrestar tales medidas, militarmente o de otra
manera.
Incluso las poblaciones más degeneradas de América,
que se han degradado moral e ideológicamente tanto –aclimatadas al
igualitarismo y “multiculturalismo”- que todo lo que podemos esperar salvar de
incluso los elementos blancos de ellas es una minoría selecta, mientras la
mayoría perece en el caos que preceda a la limpieza final, no pueden ofrecer
una resistencia efectiva a una acción gubernamental decidida.
Desgraciadamente, desde el final de la segunda
guerra mundial ningún gobierno blanco ha estado bajo el control de hombres
blancos con nuestros valores y nuestra ideología. Los gobiernos blancos en
todas partes están terminalmente corruptos, liderados por colaboradores de los
judíos. Ninguna solución a nuestro problema demográfico puede ser implementada
–y, por lo tanto, ningún futuro para nuestra raza puede ser asegurado- hasta
que retomemos el control de nuestros gobiernos. Nuestro programa, por lo tanto,
debe tener como una de sus metas la consecución del poder gubernamental. Nada a
lo que le falte esto puede tener significado a largo plazo.
Por poder gubernamental queremos decir, por
supuesto, el poder para hacer y ejecutar toda la política del gobierno. Esto
implica una sustitución masiva de las estructuras de poder existentes:
legislaturas, cortes, cuadros de mando militares y policiales, y los medios de
comunicación.
La mera elección de una cabeza de estado no puede
darnos poder; ningún presidente o primer ministro, incluso si es instalado por
un golpe de estado militar y tiene el respaldo de los mayores líderes
militares, puede mantenerse solo contra los otros elementos de la estructura de
poder en un estado blanco moderno –especialmente contra el poder de los medios
de comunicación. Para que cualquier poder que adquiramos tenga significado debe
ser total: esto es, debe incluir todos los mayores elementos de la estructura
de poder.
Ningún levantamiento no violento por un elemento
blanco militante de la población puede tener éxito por sí solo, ni tampoco un
levantamiento violento, en el cual las marchas y manifestaciones estén
acompañadas por terrorismo y lucha en las calles, puede alcanzar éxito
–mientras los mayores elementos de la estructura de poder permanezcan en las
manos de nuestros enemigos. Ningún estado blanco moderno puede ser derrocado
por una masa gritando fuera de la ciudadela; los revolucionarios deben haber
establecido antes una posición lo suficientemente fuerte dentro de la ciudadela
antes de que sus cohortes en el exterior empiecen a gritar. Uno puede pensar en
la así llamada revolución “de los derechos civiles” de los Estados Unidos durante
las décadas posteriores a la segunda guerra mundial, en la cual los negros
quemaron ciudades y marcharon en manifestaciones enormes, frecuentemente
violentas y con el tiempo se salieron con la suya. Los incendios y las marchas
no les habrían servido de nada, sin embargo, si sus simpatizantes no hubieran
estado ya sólidamente atrincherados en los medios de comunicación, las iglesias
cristianas, la burocracia gubernamental, y las legislaturas y cortes del país.
En nuestro caso la situación está invertida, con esos bastiones de la
estructura de poder en manos de aquellos que nos odian más intensamente.
El poder que buscamos no puede ser alcanzado con
trucos o subterfugios, con un esquema de infiltración y subversión graduales,
con un golpe de estado repentino, o con cualquier otro medio superficial o
insustancial. Sólo puede ser alcanzado construyendo primero una sólida
infraestructura revolucionaria capaz de sostener una acción revolucionaria en
muchos frentes por un periodo de años y entonces erigiendo sobre esa
infraestructura una estructura de poder propia, en la cual cada elemento
esencial de la estructura de poder opuesta a nosotros tenga su análogo.
Nuestra estructura de poder no pretende imitar la
otra que queremos reemplazar, ni siquiera competir con ella en el sentido
normal. Por ejemplo, sería estúpido imaginar que podríamos construir una
estructura policial o militar revolucionaria que pudiera competir con
efectividad con la del gobierno. Pero podemos construir estructuras con ciertas
funciones militares y policiales que tengan como tarea inmediata la
coordinación de reclutar dentro de las agencias militares y policiales del
gobierno. Sus últimas tareas pueden ser servir como cuadros totalmente
ramificados para incorporar y organizar el mejor material humano de las
estructuras militares y policiales gubernamentales cuando éstas se estén
desintegrando.
Incluso nuestros medios de comunicación no intentan
competir con los del enemigo ganando audiencias más altas. Nuestro propósito es
llegar a la población blanca entera con nuestro mensaje y hacerlo continuamente
accesible a aquellos que son sensibles a él. Comprendemos que, con mucho, la
mayor parte de la población blanca está, y continuará estando, más interesada
en deportes o Star Trek que en nuestro mensaje, y no trataremos de
destetarlos de sus diversiones. Sólo en las fases más avanzadas del desarrollo
revolucionario estaremos compitiendo con los judíos por la atención de este
elemento de masa, para entonces la competición será en nuestros términos. Nuestros
medios de comunicación, sin embargo, eventualmente suministrarán la herramienta
indispensable para comunicar con todos los elementos de la población blanca
durante un periodo de transición crítico entre el colapso de un modo de vida y
el establecimiento del otro. Una consecución exitosa del poder gubernamental no
será posible sin esta herramienta.
El escéptico, o la persona que no puede imaginar un
estado de hechos muy diferente del que está acostumbrado, mirará a la enorme
disparidad en todos los elementos de la estructura de poder entre nosotros y
nuestros enemigos, y pensará que nuestra meta de ganar el poder gubernamental
no es factible –y que si fuera posible, sería sólo a través de una estructura
de poder más grande y fuerte que la de nuestros oponentes: construyendo un
ejército revolucionario con más soldados que el ejército de los EE.UU.;
construyendo imperios televisivos con más telespectadores que la ABC, CBS, y la
NBC; construyendo una organización política capaz de llevar más votantes a las
urnas que los Demócratas o los Republicanos. Pero esto no es necesario.
No es necesario por dos razones: Primera, la
estructura de poder de nuestros oponentes está sufriendo un cambio degenerativo
rápido. Podría parecer demasiado decir que la estructura de poder gubernamental
en los Estados Unidos se está autodestruyendo ante nuestros ojos, pero su
patología es más visible mes a mes en muchas formas: en el cada vez más tosco
estilo de “show business” de las campañas políticas; en las cada vez más
frecuentes revelaciones de corrupción de los legisladores, su depravación
personal y su desatención a las leyes que hacen; sobre todo, en la pérdida de
deseo gubernamental de tratar problemas que requieren acción fuerte, decisiva,
y quizá impopular. Está perdiendo su autoridad moral y su credibilidad ante la
gente a la que gobierna; cada vez menos gente ve a su gobierno como algo más
que una molestia cara, como se puede observar por el creciente número de
quienes simplemente han parado de votar.
Las estructuras policiales y militares todavía
conservan una cantidad considerable de poder físico, basado en gran medida en
la tecnología moderna: archivos policiales computerizados de disidentes,
vigilancia sofisticada y equipamiento secreto, misiles guiados por láser, bombas
“inteligentes”, y cosas por el estilo. Sin embargo, la calidad del factor
humano que tiene su poder está declinando rápidamente. No son sólo los estragos
de los programas de “Acción Afirmativa” en la competencia general de los
trabajadores gubernamentales o la pérdida del espíritu de grupo en el personal
blanco restante: más importante es el hecho de que las fuerzas policiales y
militares del gobierno han perdido en gran medida su sentido de la
justificación moral. Pueden todavía ser convencidos de que son lo
suficientemente fuertes como para imponer su deseo sobre sus oponentes, pero ya
no tienen la convicción inamovible de que representan el lado del derecho y la
justicia; el idealismo ha dado paso al profesionalismo y cinismo. A largo plazo
esto será una debilidad mortal.
Incluso los medios de noticias y de
entretenimiento, a pesar de su aplastante influencia sobre todos los demás
elementos de la estructura de poder y sobre la mayoría de la población, están
haciéndose cada vez más vulnerables. Un elemento creciente del público mira a
los medios con sospecha, reconociendo sus inclinaciones anti-blancas y su
efecto destructivo sobre la moral y la cultura.
La segunda razón por la que no tenemos que
construir una estructura de poder tan grande como la opuesta a nosotros es que
todos los elementos de la población a los que queremos llegar con nuestro
mensaje se están haciendo cada vez más sensibles a ese mensaje. Al mismo tiempo
la estructura de poder opuesta está perdiendo sus propios partisanos. El
gobierno y los medios judíos continuarán teniendo su núcleo de apoyo –judíos,
feministas, algunos homosexuales, algunos cristianos, los entusiastas
radical-liberales del Nuevo Orden Mundial, la mayoría de los burócratas
federales y del estado, y otros en las nóminas del gobierno o de los medios-
pero fuera de estos constituyentes especiales, a nuestros enemigos les quedan
muy pocos verdaderos amigos, incluso entre sus beneficiarios. Los negros y
mestizos como conjunto, por ejemplo, pueden apenas ser considerados un fiel
baluarte del gobierno, a pesar del favoritismo que este les ha mostrado. La
población americana se ha vuelto como la masa romana antigua, dispuesta a
ovacionar a cualquier gobierno que le suministre pan y circos, pero igualmente
dispuesta a volverse contra el gobierno en el momento en que el abastecimiento
de esas comodidades es interrumpido –y nunca dispuesta a defender al gobierno
si se requiere un sacrificio personal.
Para resumir los párrafos anteriores: La situación
en América no seguirá siendo casi estática, como fue durante la mayor parte de
los años 1970 y 1980. Durante ese periodo temprano los medios judíos fueron
capaces de mantener a casi todo el público hipnotizado, para suministrarle una
falsa realidad en lugar del mundo real que les rodeaba. Alguien se quejaría de
que América se estaba volviendo más oscura, pobre y sucia. Los medios lo
apagarían con un coro sobre el valor de la “diversidad”, sobre los males del
“racismo”, sobre las maravillas del próximo Nuevo Orden Mundial, y la queja habría
sido ignorada y olvidada por casi todo el mundo.
Ahora el proceso de decadencia y desintegración se
ha acelerado; ahora la hipnosis está empezando a desaparecer mientras la
realidad se vuelve demasiado severa para ignorarla. El proceso continuará
acelerándose en el futuro. Más y más gente notará que, en efecto, el emperador
está desnudo, incluso aunque los medios judíos continúen alabando la belleza y
la grandeza de su nuevo traje y denuncien a aquellas almas ignorantes que
rechazan reconocerlo.
El proceso es inherentemente inestable, y nada que
los enemigos de nuestro pueblo puedan hacer lo invertirá. Su estructura de
poder continuará haciéndose más patológica, si no más débil físicamente, en
todos sus elementos, y más y más miembros del público blanco recibirán nuestro
mensaje con simpatía. Nadie puede predecir con detalle el resultado de este
proceso inestable después de que llegue al punto donde seamos capaces de
ejercer una influencia significativa en su posterior desarrollo. Está claro,
sin embargo, que nuestra responsabilidad ahora es continuar construyendo una
infraestructura revolucionaria capaz de mantener una estructura de poder
opuesta que pueda responder con ventaja a todos los desarrollos.
Una infraestructura revolucionaria es la colección
estructurada de gente y otros recursos organizados con el propósito de llevar a
cabo, durante un largo periodo, todo el radio de actividades necesarias para el
propósito descrito arriba. Entre las actividades necesarias están la generación
y diseminación de propaganda, reclutamiento, búsqueda de fondos, autodefensa y
disciplina interna, reunión y evaluación de información, planeamiento y guía.
Es solamente la continua mejora, desarrollo, y expansión de tales actividades
lo que puede guiar a la consecución de la última meta revolucionaria.
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