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METAS DE LA NATIONAL ALLIANCE
Nuestras metas siguen esta visión del mundo, y como
ella, son evolutivas. Esto es, nuestras metas para la siguiente década son
pasos en el camino hacia nuestras metas para el siguiente cuarto de siglo, que
a su vez son pasos en el camino de las cosas que queremos alcanzar dentro de un
siglo, etc. No sería realista que describiésemos en detalle el tipo de mundo
que queremos en un milenio o incluso en un siglo, porque, aunque conocemos los
principios que deben gobernar ese mundo, no podemos estar seguros de cómo serán
llevados a cabo. No sólo están las incertidumbres de la fortuna, sino que
también podemos esperar aprender de nuestras experiencias y modificar en
consecuencia los modos en que implantamos nuestros principios.
No obstante, es útil tener una imagen concreta
ahora del mundo por el que estamos luchando, aun cuando comprendemos que esta
imagen evolucionará, y sus detalles cambiarán. Si pensamos en el mundo que
queremos forjar a partir de las ruinas del mundo actual, podemos fijar nuestra
vista en cómo haremos las cosas dentro de un cuarto de siglo, después de que
nuestros enemigos hayan sido derrotados, el conflicto de la revolución se haya
apaciguado, y los desechos espirituales y físicos de esta era hayan sido
eliminados. Entonces podemos describir, al menos en un bosquejo, ciertas
características esenciales que ese nuevo mundo debe tener. Son, de forma breve:
En tiempos espiritualmente más sanos nuestros
ancestros tomaron como suyas aquellas partes del mundo convenientes por su
clima y terreno para nuestra raza: en particular, toda Europa y las zonas
templadas de las Américas, sin mencionar Australia y la punta sur de África.
Esta era nuestra área vital y nuestra área de procreación, y debe serlo de
nuevo. Después de que la enfermedad del “multiculturalismo”, que está
destruyendo América, Gran Bretaña, y todas las demás naciones arias en las que
es promovido, sea barrida, debemos tener de nuevo un área de la tierra
racialmente limpia para el futuro desarrollo de nuestra gente. Debemos tener
escuelas blancas, barrios residenciales y áreas de recreo blancos, lugares de
trabajo blancos, granjas y campos blancos. No debemos tener no-blancos en
nuestro espacio vital, y debemos tener espacio abierto a nuestro alrededor para
nuestra expansión.
Haremos todo lo que sea necesario para conseguir
este espacio vital blanco y para mantenerlo blanco. No seremos disuadidos por
la dificultad o por hechos desagradables temporales, porque nos damos cuenta de
que es absolutamente necesario para nuestra supervivencia racial. La tendencia
demográfica a largo plazo hacia un mundo más oscuro que han causado las
desastrosas políticas del último siglo no sólo debe ser detenida; debe ser
invertida.
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Debemos tener nuevas sociedades a lo ancho del
mundo blanco que estén basadas en valores arios y que sean compatibles con la
naturaleza aria. No necesitamos homogeneizar el mundo blanco: habrá sitio para
las sociedades germánicas, sociedades celtas, sociedades eslavas, sociedades
bálticas, etc., cada una con sus propias raíces, tradiciones y lenguas. Lo que
debemos tener, sin embargo, es un desarraigo completo en todas partes de los
valores y costumbres semíticos y otros no-arios. Debemos una vez más
suministrar la clase de entorno social y espiritual en el cual nuestra propia
naturaleza pueda expresarse en la música, en el arte y arquitectura, en la
literatura, en la filosofía y erudición, en los medios de comunicación, y en
los estilos de vida de las personas.
En términos específicos, esto significa una
sociedad en la cual los y las jóvenes se unan para gozar con música popular
europea tradicional (polkas o valses, bailes celtas o gigas, por ejemplo), pero
nunca ondularse o moverse espasmódicamente con ritmos de jazz o rock negroides.
Esto significa música pop sin Barry Manilow y galerías de arte sin Marc
Chagall. Significa barrios, escuelas, grupos de trabajo, y universidades en los
cuales haya un sentimiento de familia y camaradería, de una herencia compartida
y de un destino compartido. Significa un sentido de arraigo, que a su vez
engendra un sentido de responsabilidad y vigoriza un perímetro moral, de modo
que la gente de nuevo conoce instintivamente qué es sano y natural y qué es
degenerado y extraño. Significa un sentimiento espiritual proveniente del alma
y sin las trabas de la superstición o del dogma, que vuela libre y llega mucho
más alto que la espiritualidad de hoy atada por la iglesia, guiada por el
sacerdote.
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Debemos tener un gobierno totalmente
entregado al servicio de nuestra raza y no sujeto a ninguna influencia no-aria.
Debe ser un gobierno guiado por principios fijos, pero capaz de responder de
una manera flexible a los desafíos y las oportunidades. Debe ser estructurado y
organizado de manera conveniente para su propósito de salvaguardar y avanzar la
raza, y debe ser tan inmune a la corrupción y a la subversión como el genio
humano pueda hacerlo.
En América hemos tenido una amplia experiencia con
dos tendencias de gobierno. Durante el primer siglo más o menos de la República
Americana, tuvimos un gobierno que en alto grado encarnaba el principio de que
el mejor gobierno es el menor gobierno, reflejando la desconfianza general en
gobiernos que era compartida por muchos de los creadores de la Constitución de
los EE.UU. Este gobierno proporcionaba la defensa nacional, el correo, y un
número de otras funciones más o menos útiles o necesarias para la existencia
ordenada de la nación, pero interfería relativamente poco en las vidas de sus
ciudadanos y les permitía a la mayoría resolver por sí mismos sus necesidades
personales de la manera en que les convenía.
Con el crecimiento de la democracia de masas (la
abolición de los impuestos electorales y otros requisitos para los votantes, el
derecho al voto de las mujeres y de los no-blancos), el crecimiento de la
influencia de los medios de comunicación en la opinión pública, y la
intromisión de los judíos en una posición de control sobre los medios, el
gobierno de los EE.UU. fue gradualmente transformado en el monstruo maligno que
es hoy: el enemigo más peligroso y destructivo que nuestra raza ha conocido.
Muchos patriotas miran hacia atrás contentos del
gobierno tal como era en su primera fase, cuando era menos democrático y menos
intruso en las vidas de los ciudadanos. Quizá llegue el momento en que podamos
permitirnos tener un gobierno mínimo de nuevo, pero ese momento está en un
futuro remoto. El hecho es que necesitamos un gobierno fuerte, centralizado,
que cruce distintos continentes para coordinar muchas tareas importantes
durante las primeras décadas de un mundo blanco: la limpieza racial de la
tierra, el desarraigo de las instituciones racialmente destructivas, y la
reorganización de la sociedad en una nueva base.
La tarea central de un nuevo gobierno será invertir
el curso, que racialmente va hacia atrás, de los últimos milenios y mantenerlo
invertido: un programa eugenésico a largo plazo que comprenda al menos las
poblaciones totales de Europa y América. Una tarea así es necesariamente
intrusa, y requerirá organización a gran escala.
Los detalles estructurales de un nuevo gobierno son
importantes, pero no una cuestión de principios. Uno puede incluso hacer ese
trabajo continuando con la democracia de masas, simplemente reemplazando a la
gente que controla los medios de comunicación por miembros de la Alliance, y
quizá ese sea un modo razonable de proceder durante un periodo de transición.
Con el paso del tiempo, sin embargo, queremos un gobierno honesto, no uno que
se esconde tras la ilusión cuidadosamente dirigida de que decenas de millones
de votantes son los verdaderos gobernantes. Un gobierno de y por políticos no
es sólo enormemente ineficaz, sino que también es demasiado susceptible de
corrupción y subversión, dependiendo de quién controla los órganos de la
opinión pública.
Necesitamos un gobierno en el que todas sus ramas
sean cubiertas por gente cuidadosamente seleccionada y entrenada para sus
responsabilidades, no por gente que son simples mentirosos con carisma.
Necesitamos un gobierno de hombres y mujeres que realmente respeten ese
gobierno, y cuya actitud hacia su misión sea esencialmente religiosa: un
gobierno más parecido a una orden religiosa que a ningún gobierno secular
actual. Puede no ser demasiado decir que la institución más importante en el
gobierno que queremos será la que selecciona, entrena y examina a la gente que
serán los jueces y los legisladores y los ejecutivos en ese gobierno: gente que
será más parecida a sacerdotes seculares en su comportamiento y su
actitud hacia su trabajo que a los políticos y burócratas de hoy. La
institución que prepare a esta gente para su trabajo debe ser incorruptible y
resuelta, con nuestros principios grabados en las almas de sus maestros.
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Un sistema educativo apropiado sirve a
tres propósitos: pasa de generación en generación la herencia cultural,
intelectual y espiritual de un pueblo; enseña habilidades y técnicas; y guía el
desarrollo del carácter de los individuos desde la niñez hasta la madurez.
El primer propósito es desempeñado enseñando hechos e ideas: lengua,
historia, ciencia, ética, etc.
El segundo propósito es desempeñado enseñando al
niño o joven adulto cómo hacer las cosas que le serán útiles a él y/o a la
sociedad: cómo tocar un instrumento musical, cómo soldar, cómo dirigir un
negocio, cómo mecanografiar, cómo reparar un motor, cómo luchar con y sin
armas, cómo dibujar, cómo nadar, cómo criar niños, cómo cultivar, cómo
construir una casa.
El tercer propósito es desempeñado retando,
examinando, condicionando: forzando al niño a ejercitar su deseo,
autodisciplinarse, aguantar las incomodidades, hacer planes y llevarlos a cabo,
superar miedos, aceptar responsabilidades, ser sincero, y en general
desarrollar y fortalecer aquellos rasgos del carácter valorados por una
sociedad aria sana.
El sistema educativo actual en América niega
completamente el tercer propósito y proporciona pobremente los dos primeros,
incluso en aquellas áreas afortunadas todavía no cargadas con un contingente
“multicultural” apreciable. La razón más importante de su pobre rendimiento es
que ha perdido toda comprensión clara de su propósito. Para mantener la
herencia cultural, intelectual, y espiritual de un pueblo, debe primero conocer
la respuesta a la pregunta: ¿Qué herencia de un pueblo? Hoy día una
pregunta así es políticamente incorrecta y por lo tanto inadmisible.
Incluso hace medio siglo, antes de que se
convirtiera en políticamente incorrecto comprender que la herencia que debe ser
mantenida es europea, no había profundidad de propósito. La razón de
mantener la herencia europea no es simplemente ayudar a la gente joven a
cualificarse para un empleo bien pagado o conseguir mejores tertulianos de
sobremesa. Es infundir en ellos una conciencia de lo que significa ser europeo
–una conciencia racial- y así hacer de ellos patriotas raciales. Hechos
e ideas tienen un componente espiritual, y este componente debe ser enfatizado
en el proceso educativo.
Ciertamente habrá especialización sexual y
ocupacional en la segunda área de la actividad educativa, y especialización
sexual en la tercera. Incluso en la primera área, los niños serán
indudablemente separados de acuerdo con su habilidad: no todos los niños
necesitan aprender griego y latín y cálculo infinitesimal para adquirir un
sentimiento hacia su raza y sus aspectos. No obstante, un sistema educativo
apropiado debería suministrar un cuerpo común de conocimientos y comprensión
compartido por todos, de forma que todos los miembros de la sociedad tengan un
sentido de la comunidad totalmente desarrollado. El niño que quiera ser un
maquinista debería leer a Homero, al menos traducido, y el niño que quiera
enseñar literatura debería comprender qué significa ser un buen soldador, al
menos hasta el grado de probarlo.
Sin embargo, es con el tercer propósito con el que
un nuevo sistema educativo hará la contribución más radical a la sociedad aria.
La educación que concierne al desarrollo propio de toda la persona y que se
centra tanto en formar el carácter como en impartir conocimiento o enseñando
habilidades se remonta a la antigua Grecia, y también disfrutó de una muy corta
reactivación en este siglo en la Alemania Nacional Socialista, antes de ser
prohibida por los defensores de la permisividad. Hoy la permisividad gobierna
en todo el mundo ario. La “educación” es algo que tiene lugar sólo en edificios
designados por unas pocas horas en días preescritos, bajo condiciones cercanas
al caos. Dentro o fuera de estos edificios, la disciplina es mínima. Los niños
crecen en un mundo sin criterios de funcionamiento, sin guías claras de
comportamiento, sin ninguna fuente de autoridad. Vemos los productos de este
sistema alrededor de nosotros: demasiados hombres débiles, indecisos, y
demasiadas mujeres no femeninas; una falta general de metas significantes y de
confianza en sí mismo; una población desenfrenada sin autodisciplina o fuerza
interior, buscando sin descanso la “felicidad”.
Asegurando que cada niño nacido en nuestra raza
crece como el futuro ciudadano más fuerte, más capaz, más responsable, y más
consciente, que sus genes le permiten, ganaremos una enorme ventaja respecto a
cualquier otra raza sin un sistema educativo así.
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Hay dos criterios fundamentales que deben ser
usados para juzgar todas y cada una de las intervenciones del gobierno en temas
económicos. Son, primero, el bienestar y el progreso de la raza a largo plazo;
y segundo, la naturaleza humana. Lo que quiere decir que evaluando cualquier
política económica debemos hacernos dos preguntas: ¿Será esta política al final
beneficiosa o perjudicial para la calidad de la raza? ¿Y está de acuerdo con la
naturaleza humana?
Nosotros miramos primero a los efectos raciales de
una política e insistimos en que deben ser positivos –o al menos no negativos-
y entonces insistimos en que la política esté basada en una comprensión clara y
realista de la naturaleza humana, de forma que sea viable.
Podemos comprender mejor el significado de estos
dos principios si consideramos brevemente dos sistemas económicos diferentes,
el marxismo y el capitalismo del laissez faire.
La economía marxista tiene como meta ostensible la
felicidad humana, en lugar del progreso racial, y está basada en suposiciones
que no concuerdan con la realidad y con la naturaleza humana. Tiene como
objetivo suministrar confort material para todo el mundo, más o menos con
equidad. No puede ni siquiera admitir la posibilidad del progreso racial,
porque eso implica que algunas clases de personas son inherentemente superiores
a otras y que unas directrices de desarrollo son más deseables que otras.
El que uno prefiera la meta marxista de la mayor
felicidad para el mayor número o la meta de la National Alliance de hombres y
mujeres más fuertes, más sabios y más bellos, es un problema de los valores de
cada cual. Sin embargo, no fue por su elección de valores por lo que el
marxismo se vino abajo, sino por su rechazo a reconocer el hecho de la
desigualdad humana y la naturaleza de la motivación humana. Cuando no se le
permite a la gente trabajar para su propio beneficio y progreso, no trabaja
bien; y cuando los líderes de una sociedad no alcanzan sus posiciones por su
propio mérito, esa sociedad es probable que sea mal liderada.
En contraste con el sistema marxista, nosotros
reconocemos la necesidad de permitir a la gente competir, cosechar los frutos
de su labor, y ejercitar el liderazgo de acuerdo con su habilidad demostrada.
Trabajarán más duro y más eficientemente y se ordenarán entre ellos en una
jerarquía de habilidad. El resultado será una sociedad más fuerte, mejor
liderada, y más próspera. Existirán, por supuesto, aquellos individuos que no
trabajarán o cuyas habilidades naturales son tales que no pueden competir de
forma efectiva. Mejor que seguir el camino marxista de robar a los que tienen
éxito para recompensar a los que no lo tienen, debemos tomar medidas para
asegurar que los elementos más bajos de la sociedad no se multiplican y se
hacen más numerosos en posteriores generaciones.
El sistema capitalista del laissez faire
suministra otro contraste ilustrativo. Bajo un sistema así la sociedad como
conjunto no tiene metas: existen sólo las metas de los hombres y mujeres
individuales. El sistema capitalista, como el nuestro, provee de fuertes
incentivos a los individuos: los fuertes, agresivos, e inteligentes suben y
prosperan, y los débiles, indecisos, y estúpidos se quedan en el fondo. Los
líderes tienden a ser capaces –al menos, en el ambiente económico capitalista,
con sus condiciones especiales.
Sin embargo, sin un principio unificador, una
sociedad capitalista fácilmente puede caer presa de ciertas debilidades
inherentes. Una de esas debilidades es la inestabilidad que lleva a los ricos a
hacerse más ricos y a los pobres a hacerse más pobres, no solamente por
diferencias de habilidad, sino porque la posesión de capital da al poseedor una
enorme ventaja en la competición por más capital. Cuando la ganancia personal
es la única motivación en una sociedad, aquellos que ya son ricos pueden
arreglar las cosas a su favor: pueden comprar la legislación que quieran, y
pueden hacer amenazas a su poder con métodos que pueden ser destructivos para
el bienestar de la sociedad como conjunto. Pueden bajar el precio de la mano de
obra, limitar la competición sana dentro de la sociedad, y explotar el medio
ambiente sin considerar las consecuencias a largo plazo.
Demasiada estratificación social rígida resultado
del capitalismo no restringido puede llevar a una hostilidad de clases endémica
e incluso a una lucha de clases. Puede ralentizar el progreso racial haciendo
de la habilidad para adquirir y mantener capital la característica suprema de
supervivencia.
Necesitamos un sistema económico que, en contraste
con el marxismo, permita a los individuos tener éxito en proporción a su
capacidad y energía, pero que, en contraste con el capitalismo, no les permita
mantener una actividad dañina social o racialmente, como eliminar la
competencia o importar mano de obra no-blanca. Necesitamos estructurar nuestro
sistema económico de forma que no pueda caer presa de la inestabilidad del
capitalismo. Necesitamos mantener flexibilidad social, de forma que los
individuos capaces y enérgicos siempre tengan la posibilidad de subir.
Necesitamos asegurar que el capital no
tiene la posibilidad de cambiar las reglas de la sociedad para acomodarlas a
él. El camino para alcanzar y mantener un sistema económico que satisfaga estos
criterios es designar y gobernar el sistema de forma sujeta al principio
supremo: el último objetivo de toda política económica es el progreso racial.
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